sábado, 14 de enero de 2012

Artemio

El vehículo se asemejaba a una balsa de troncos, tenía dos mástiles sin velamen: uno a proa y otro a estribor y se deslizaba con gran rapidez por el barro.
Tratamos de emparejarlo con la ambulancia pero no pudimos. Con el pie en el acelerador Artemio puteaba y gesticulaba, sacando el brazo y la cabeza por la ventanilla.
A la izquierda del camino una joven tirada entre los escombros sujetaba un bebe entre sus brazos. En la frente tenía una mancha de sangre: una línea roja desde el crecimiento del pelo hasta el entrecejo. Lloraba y abrazaba al niño.
Miré a Artemio y justo cuando iba a decirle que paremos el gritó: ¡No podemos! El vehículo estaba cada vez mas lejos. El parabrisas de la ambulancia salpicado de barro y bichos muertos no permitía ver con claridad el camino.
La calle llena de baches y charcos se hacía a medida que avanzábamos mas intransitable.
¡Pará! grité
Artemio hizo caso, frenó, dio marcha atrás y en una huella del camino dobló y volvimos por donde vinimos.
Paramos donde estaba la joven y la ayudamos a subir a la ambulancia. La acostamos en la camilla y vimos con asombro que lo que creímos que era un bebé en realidad era un muñeco.