tootsitala
sábado, 29 de diciembre de 2012
El sueño
La torre se alzaba sobre la colina. Su silueta negra recortada sobre el cielo rojo se veía desde lejos. El hombre exhausto trató de medir en tiempo lo que faltaba para llegar. Calculó que para el amanecer estaría al pie del monte y cerca del mediodía habría logrado su objetivo. ¿Qué buscaba allí? Hacía mucho tiempo que ningún humano habitaba esos parajes y dudaba que hubiera algún animal, considerando el estado de la tierra, seca y sin vegetación. Colocó una manta sobre el piso y tirándose sobre ella trató de descansar. Un par de horas –pensó- con eso tendré suficiente para seguir camino.
Cuando despertó ya estaba amaneciendo. No le pareció prudente seguir su camino, no le gustaba la idea de llegar de noche al lugar. Volvió a tenderse sobre la manta y se durmió. En sus sueños apareció la torre, tal como la conoció de niño. El se asomaba desde lo alto y veía alrededor un prado verde con un río que lo surcaba de norte a sur. Un bosque a la derecha y a la izquierda un pequeño poblado de campesinos. Al fondo del cuadro en una de las márgenes del caudaloso río pudo ver un campo sembrado de girasoles. Bajó corriendo de la torre y acercándose a su madre, le pidió permiso para salir. Ella asintió y él feliz volvió a correr, esta vez en dirección al prado. Despertó mojado en sudor, ansioso y comprobó asombrado que ya era de noche. Decidió entonces seguir viaje. La luna brillaba en lo alto, lo cual era bueno. Las señales que había podido descifrar en las estrellas indicaban que ese era el momento para volver al que había sido su hogar. Caminó entre piedras y bancos de sal, tropezando e incluso cayendo, pero no se detuvo.
Al amanecer estaba al pie de la colina. Miró hacia arriba y comenzó el ascenso, lento pero constante. Se detuvo para beber un sorbo de agua y comer unos mendrugos que le habían quedado en el fondo del morral. Se sentó en una piedra y mirando hacia la ladera pudo ver que una roca reflejaba de manera casi perfecta su rostro, corrió hacia un lado su cara para ver el camino que había hecho hasta allí y vio que la piedra reflejaba un prado, con un río que lo cruzaba de norte a sur, un bosque a la derecha, a la izquierda un pequeño poblado de campesinos y en una de las márgenes del caudaloso río pudo ver un campo sembrado de girasoles, por donde corría alborozado un niño pequeño que miraba hacia la montaña y saludaba con su brazo en alto.
sábado, 14 de enero de 2012
Artemio
El vehículo se asemejaba a una balsa de troncos, tenía dos mástiles sin velamen: uno a proa y otro a estribor y se deslizaba con gran rapidez por el barro.
Tratamos de emparejarlo con la ambulancia pero no pudimos. Con el pie en el acelerador Artemio puteaba y gesticulaba, sacando el brazo y la cabeza por la ventanilla.
A la izquierda del camino una joven tirada entre los escombros sujetaba un bebe entre sus brazos. En la frente tenía una mancha de sangre: una línea roja desde el crecimiento del pelo hasta el entrecejo. Lloraba y abrazaba al niño.
Miré a Artemio y justo cuando iba a decirle que paremos el gritó: ¡No podemos! El vehículo estaba cada vez mas lejos. El parabrisas de la ambulancia salpicado de barro y bichos muertos no permitía ver con claridad el camino.
La calle llena de baches y charcos se hacía a medida que avanzábamos mas intransitable.
¡Pará! grité
Artemio hizo caso, frenó, dio marcha atrás y en una huella del camino dobló y volvimos por donde vinimos.
Paramos donde estaba la joven y la ayudamos a subir a la ambulancia. La acostamos en la camilla y vimos con asombro que lo que creímos que era un bebé en realidad era un muñeco.
Tratamos de emparejarlo con la ambulancia pero no pudimos. Con el pie en el acelerador Artemio puteaba y gesticulaba, sacando el brazo y la cabeza por la ventanilla.
A la izquierda del camino una joven tirada entre los escombros sujetaba un bebe entre sus brazos. En la frente tenía una mancha de sangre: una línea roja desde el crecimiento del pelo hasta el entrecejo. Lloraba y abrazaba al niño.
Miré a Artemio y justo cuando iba a decirle que paremos el gritó: ¡No podemos! El vehículo estaba cada vez mas lejos. El parabrisas de la ambulancia salpicado de barro y bichos muertos no permitía ver con claridad el camino.
La calle llena de baches y charcos se hacía a medida que avanzábamos mas intransitable.
¡Pará! grité
Artemio hizo caso, frenó, dio marcha atrás y en una huella del camino dobló y volvimos por donde vinimos.
Paramos donde estaba la joven y la ayudamos a subir a la ambulancia. La acostamos en la camilla y vimos con asombro que lo que creímos que era un bebé en realidad era un muñeco.
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